Mateo 11:29
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas…

En una ocasión tuve una diferencia con un hermano de la iglesia. Estaba herido y enojado con él pues su actitud había sido beligerante y sobre todo inmadura. El me acusó falsamente y hasta  me increpo frente a un grupo de jóvenes a los que les impartía la escuela bíblica dominical. Un par de días después que este hermano me acusó falsamente, me topé con un pasaje en Marcos 11:25 que decía: «Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas».

Ese versículo me impactó, fue como si Dios estuviese exhortándome a que perdonara la ofensa sufrida. ¿Cómo podía orar por otros y por mis propias necesidades, cuando todavía estaba enojado y herido? A pesar de lo difícil que fue para mí hacerlo, entendí que tenía que perdonar, que tenía que imitar a mi Señor en todo. Que no hay mejor medicina para una afrenta que el ser manso y humilde de corazón.

Por Serafín Alarcón